lunes, 14 de abril de 2008

La vida de un... (St. Jordi)

Mi familia es diferente al resto. Mis padres solo los he visto una vez y desde entonces, he perdido su rastro. Suerte que tengo a mi hermana que siempre está a mi lado. Es como mi guardaespaldas.

Cuando mi hermana y yo nos quedamos sin padres, una mujer nos acogió en su casa. Recuerdo aquel día, especialmente, porque aquella mujer nos vistió con unas prendas de ropa muy bonitas y estábamos rodeados de ropa. El mismo día nos visitaron muchas personas, parecía una fiesta de bienvenida. Los días siguieron, no nos visitaban tantas personas como en el primero pero nos seguían visitando niños pequeños que se asustaban o se sorprendían ante nuestra presencia. Aún no lo entiendo, ¿tan diferentes somos de los demás niños?. Un día nos visitó un hombre vestido con un mono marrón, una gorra, botas y un lápiz en la oreja. Habló con nuestra “madre”, ésta nos desvistió y el hombre se nos llevó. Parecía que aquella mujer ni se inmutaba delante de nuestra inminente salida, tan agradable que parecía con nosotros, y a la de tres nos deja con un desconocido. Las apariencias engañan.

Dentro de la furgoneta, nos envolvieron con una prenda transparente con bultitos, muy fea, y nos llevaron a otra casa. Allí nos acogió una mujer y un hombre jóvenes. Nos trataron muy bien aunque nos separaron. Mi hermana estaba en la otra punta de la casa y yo al principio. La casa era muy grande y, además, del hombre y la mujer que nos acogieron, había más personas que todo el día estaban en casa. Allí, las personas que nos visitaban eran jóvenes que iban con sus amigos o pareja. Nuestra presencia ni les inmutaba, eso si, miraban la ropa que llevábamos. La cosa había cambiado. Habíamos pasado de asustarlos a interesarles. Hombre, la ropa de marca que llevábamos, ¿quién no se la mira?. Hasta nosotros habíamos subido de categoría, y nos gustábamos más. Habíamos crecido. En aquella casa nos lo pasamos muy bien. Fueron unos años maravillosos. Siempre había gente y te enterabas de alguna primicia. Me hubiera gustado hablarles...El tiempo allí, nos pasó muy rápido aunque nos estamos allí más de 10 años.

Después de estos años, se veía venir que aquel lugar ya no era el nuestro porque habíamos crecido y la ropa nos iba pequeña. Así que, a nuestro pesar, nos fuimos con una furgoneta igual a la que nos trasladó la primera vez y nos envolvieron con la misma ropa transparente. Pero no todo fue lo mismo. Fue la última vez que vi a mis hermana, ya que nos separaron definitivamente. Me dolió un montón porqué es lo que más quiero pero en aquel momento me resigné, era lo único que podía hacer.

A mi me adoptó un hombre. El hombre, ya maduro, era un poco serio y clásico. Al vestirme me ponía ropa de grande, bueno, ropa adecuada a mi edad perqué yo ya empezaba a envejecer. Aquellos años en aquella casa fueron de lo mas aburridos. No había demasiada gente y, los pocos que venían eran hombres solos o con sus parejas. La mayoría de las horas, el hombre, se las pasaba pareando, ordenado, eso sí, siempre con la cinta métrica colgada en el cuello.

En aquellos momentos, como disponía de ratos para pensar, reflexioné sobre lo que había sido de mi vida. Y llegué a la conclusión que por muy aburridos que habían sido aquellos últimos años y los demás (con excepciones), no los cambiaria por nada. Aquello era mi vida, yo sólo servia para esto, y me angustiaba pensar que, seguramente, se estaba acabando. Porqué, aunque no soy una persona normal, me hago grande y, en un momento o otro, me tendré que ir.

Pues bien, todavía estoy aquí. Esto si, estoy en un lugar diferente. La cada está muy mal ordenada, hace mal olor y estoy estirado en el suelo, sin ropa y sin dueño. Me parece que esto es le fin. La gente que hay, van vestidos con monos y ya no me mira nadie. No querría este final para mi vida. Alguien dijo «un maniquí también tiene miedo a dejar de serlo». Yo lo creo sinceramente.

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